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Mundo Textil, Revista de proveedores de la Industria Textil e Indumentaria
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Volvieron los oficios.

La recuperación y puesta en valor del trabajo artesanal es imprescindible para el futuro de la indumentaria argentina. Te contamos por qué es ineludible y de qué tareas se trata.

“Me encanta pasar por los locales de los sastres y ver en su vidriera los paños para los trajes. Hay muy pocos en Buenos Aires… Las modistas para mí son como mi familia, ellas hacen realidad mis sueños: llevo un dibujo, una tela, me siento a charlar y vuelvo con un vestido. ¡Es absolutamente mágico!”, dice Araceli Pourcel, diseñadora y docente. Modista y sastre son los oficios madre de la moda, que están en franca extinción, lo mismo que el zapatero remendón, la zurcidora y el teñidor. Pero no son los únicos.

“Bordadoras, modelistas y especialistas en una tipología específica (blusas, camisas o vestidos), cortadores y tizadores, planchadores y plisadores, sombrereros, estampadores, tintoreros y confeccionistas son personas con saberes muy calificados, que los diseñadores cuidamos tanto como a nuestras ideas”, dice Paola Campuzano, docente de la UNLA.

Haciendo un poco de historia, recuerda que los oficios fueron aportados por los inmigrantes y artesanos europeos, desde los primeros saladeros en la época de la Colonia que dieron el puntapié inicial al trabajo en cuero, del que se desprenden los primeros marroquineros, zapateros, confeccionistas de indumentaria y cinturones, hasta las modistas ucranianas que han venido a nuestro país hace tan sólo unos años. “Oficios que se están perdiendo como el de sombrerero, la sastrería artesanal, el bordado, lo son debido a que fueron oficios heredados de madres o padres a hijos. Si bien este tipo de conocimiento está en extinción, existen escuelas que ofrecen este tipo de formación”, asegura.

Dios está en los detalles, decía el arquitecto Mies Van Der Rohe, y por eso muchos diseñadores toman cursos bien prácticos. “Con el auge de las carreras de diseño y las políticas de protección de la producción local, existe una demanda de mano de obra calificada. Las escuelas de oficios están floreciendo, principalmente porque es una posibilidad de realizar emprendimientos y lograr el sustento. Iniciativas como las cooperativas, ONG y los vínculos entre las universidades y asociaciones de diseñadores que trabajan con un mismo taller para asegurar un volumen de trabajo constante me parecen maneras interesantes de trabajar, donde cada eslabón de la cadena aprende y respeta el trabajo del otro, valorándolo y dejando de lado abusos como el trabajo esclavo”, dice Campuzano. En la cátedra que integra en la carrera de Diseño Industrial con orientación Textil se capacitan en áreas de la industria textil como hilandería, tejeduría de punto y plano, estampería y tintorería.

Ricky Casali trabaja en la cocina de la moda. “En los últimos años los talleres se han ido recuperando y se vuelve a ver la figura del aprendiz que se usaba antiguamente. En la producción de una colección se trabaja con un equipo de gente -cortador, modelista, muestrista, costurera- que es fundamental para que la colección se logre en tiempo y calidad. Un buen taller de costura debe tener planchadora de piezas, que logran la prolijidad necesaria para la costura. Un control de calidad del producto, un buen modelista que prepare el molde para ser leído por el equipo evitando errores de interpretación en el armado de la prenda por la muestrista. Ésta a su vez le reporta al modelista cualquier detalle que para el armado de la producción deberá ser corregido en la moldería final. Pueden intervenir también bordadoras o aplicadores de avíos, estampadores o sublimadores, así como diseñadores gráficos que diseñan las imágenes a plasmar en la prenda”, explica. Casali es modelista de oficio y tiene una escuela donde transmite su saber, eminentemente práctico. “Enseño lo que hago todos los días. En estos 25 años he preparado alrededor de 1500 alumnos”, dice. “En este momento se necesitan talleres especializados en lencería y corsetería. Y también que trabajen prendas delicadas. Hay pocos y no dan abasto con la demanda del mercado”, alerta.

Saberes con empeño

“Cada vez cobra más sentido la historia de cómo está hecho algo: los saberes que se pusieron en juego, la forma en la que fue producido. Todos estos aspectos entran a nuestras vidas a través de los objetos que llevamos a nuestras casas y cuerpos. Un objeto es la historia de quien lo pensó y de quien lo hizo. El amor que le puso para hacerlo. Esa idea tan simple nos inspira en nuestras escuelas de oficios, a las que cada día se acerca más gente”, dice Lara Salles, donde funciona un laboratorio de diseño de prototipos con impresoras 3D.

“Este año hay una tendencia en realizar cursos de diseño y armado de calzado y carteras para lanzar sus propios emprendimientos”, dice Lilia Pailhe, directora del Taller de Oficios, donde se piensa en la salida laboral de los alumnos que cursan diseño de indumentaria, mordería industrial, calzado, carteras, bolsos y mochilas, tocados de novia, fiesta y alta costura, y bordado con hilo, piedras y cristales. “Además en el taller tenemos el sector de desarrollo emprendedor del cual pueden participar tanto alumnos, ex alumnos y particulares con o sin un emprendimiento, y los acompañamos en el desarrollo de su negocio”, cuenta. “Los oficios son de fácil acceso para todos sin depender del nivel socioeconómico que posean y otorga una salida laboral inmediata sin límites de edad”, destaca.

Los que proliferan, y mucho, son los cursos de labores. “Algunas personas buscan cosas para aplicar en su producción, ya sean diseñadores, artistas, vestuaristas, pero la gran mayoría lo hace como hobby, porque sus madres no les enseñaron, porque una generación renegó de aprender a coser y a bordar porque era una obligación, y ahora es difícil encontrar alguien cercano que te enseñe”, dice Soledad Erdocia. A sus cursos en Perfecta! se acercan, además de diseñadores y afines, abogadas, publicistas, contadoras, comunicadoras sociales y médicas. Ahora el curso de labores de moda es el bordado mexicano. Hace 4 años fue el amigurumi. Hubo quienes pasaron por el telar, el crochet y la cerámica. “Cuando empecé, en 2008, la gente buscaba un poco de todo (bordado, crochet, costura), pero bajó la demanda de crochet, bordado y amigurumi por la amplia oferta. Por eso preferimos enseñar también a coser, prendas simples y complejas. Tenemos talleres regulares y de una sola clase donde se puede aprender a realizar vestidos, remeras, calzas, bolsos, estuches y más”, cuenta. ¿Qué se viene en materia de cursos? “En los últimos años creció mucho el needle felting (fieltro agujado), una técnica superlinda para realizar muñecos, pero además se puede aplicar a la decoración. También el tejido a máquina, el ñandutí. Busco técnicas que ya no se enseñan más: vamos a dar un taller de molas (arte textil elaborado por las mujeres Gunas de Panamá), vainillas, encaje rumano y frivolité”, invita. Todo en un clima de cocina hogareña, con tes ricos y buena música.

“El trabajo manual no sólo enaltece y es uno de nuestros mayores acervos materiales e inmateriales como país, sino lo que más valora el mundo y donde nos podemos diferenciar”, dice Luján Cambariere, que dirige Ático De Diseño, donde se enseña serigrafía, stencil, bordado, tejido, cuero, madera y mosaicos, entre otras disciplinas. Une dos pasiones en el diseño social, en el que promueve el diseño como herramienta de inclusión social, a través de proyectos como Marca Cárcel (Cárcel de Ezeiza), Estar Limpios (Granja de Adictos en Recuperación Vientos de Libertad), Patrona de los Pilpintos (artesanos jujeños junto a Usos) y Todo el Año Carnaval (artesanos correntinos junto a Hada Irastorza). “Uniendo la necesidad de dos grupos bien heterogéneos (poblaciones vulnerables y profesionales de la disciplina) nacen nuevos escenarios donde ambos se ven beneficiados, enseñándoles un oficio, ya sea en el manejo de técnicas textiles, en madera o reciclando materiales, con el valor agregado del diseño, que es lo que permite que esos productos entren en circuitos donde puedan ser valorados y donde los participantes puedan ganar mayor dinero por ellos”, cuenta.

El valor de lo artesanal

Los oficios son pasado, pero también futuro. “Se están revalorizando los trabajos de superficie textil, intervenciones artesanales tradicionales y también tecnológicas. Entrando en auge están los tratamientos con calor, en todo el mundo fusiones, termofusiones, aplicaciones de foil hace bastante tiempo, y se toma ahora con naturalidad trabajos que antes eran experimentales como plásticos sobre textiles. Una de las nuevas técnicas preferidas por diseñadores y artistas es la impresora 3D. Hace un tiempo Iris Van Herpen viene experimentando, incorporando no sólo la herramienta, sino nuevos materiales desarrollados de manera especial. Básicamente, el mundo de la moda está mirando todas las transformaciones posibles de los materiales, en la búsqueda de generar algo nuevo a partir de materiales de desecho y también nuevas formas, nuevas superficies, imágenes novedosas”, dice Araceli Pourcel. “En contraposición se revalorizan antiguas técnicas artesanales, se rescatan desde una mirada de conservación no sólo para embellecer una pieza, sino también por darle un nuevo valor a la artesanía. En este sentido, conservacionistas, diseñadores, antropólogos, artesanos y el Estado dialogan para encontrar un futuro y que todos podamos heredar el saber inmaterial de quienes nos precedieron. Desde la sustentabilidad se trabaja dando especial valor al encuentro de artesanía y diseño, siempre con una visión donde prima el conocimiento, el lugar y las necesidades del artesano para desarrollar un producto, pues es la manera de conservar el noble origen de la pieza”, explica.

Pourcel dirige Casa Textil, donde se dictan talleres tan específicos como bordado, ilustración, calado en papel, estampado por sublimación, fusiones, metalizados, gofrados sobres cuero y terciopelo, experimentación textil, textiles 3D artesanales, fieltro nuno, a la aguja, volumen, tejidos, joyería por sublimación, encaje, shibori, sashiko, sustentabilidad, creatividad y neuroplasticidad, y son frecuentados por diseñadores y artistas visuales, egresados y estudiantes. “Para mí no hay nada más importante que poder construir con mis manos, es algo maravilloso, ver que de la nada surge algo, es absolutamente poderoso y si en ese suceder además puedo crear un lenguaje propio, ¡nada más poético! Construir algo es absolutamente meditativo”, dice. Hace bien al alma.

Fuente: María Paula Zacharías para La Nación

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